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A pesar de crecer en una cultura patriarcal y machista, Jesús fue un judío que se relacionó con varias mujeres sin reprocharlas, menospreciarlas ni discriminarlas. Al menos así lo atestiguan los evangelios: la hija de Jairo (Mt 9, 18-26), la mujer sirofenicia (Mc 7, 25-30,) la suegra de Pedro (Lc 4, 38-41), la viuda de Naín (Lc 7, 11-17), la mujer adúltera (Jn 8, 1-11), la samaritana (Jn 4, 1-26), etcétera. Son muchos los episodios donde Jesús se relaciona con mujeres y nunca alienta de palabra ni de obra al menosprecio de ellas.

Para la época, la mujer ocupaba uno de los últimos puestos en la pirámide social. Eran invisibilizadas, marginadas, aisladas, porque “no tenían nada importante que decir” y también eran consideradas como corruptoras que debían ser calladas y rechazadas por esto. Podría decirse que el título de “Evas” (“tentadoras”) caía sobre ellas.

Pese a los miedos sociales y estigmas culturales es curioso que en los evangelios se las mencionan, ya que lo ideal según la lógica de la época hubiera sido que ni se les mencionara; ¿para qué hacerlo?, debían ser invisibilizadas. Pero ante dicha realidad marginal para ellas, los evangelios lo hacen y en algunos episodios se les presenta como protagonistas (la samaritana, por ejemplo), dando a entender que el reino tiene otra lógica distinta y que Jesús fue más allá de la lógica preponderante: el maestro comparte con ellas y no se fija en su procedencia; se acerca a prostitutas, se deja tocar de mujeres “impuras”, conversa con extranjeras, comparte con amigas y hasta entra en sus casas, da sentido y dignifica la existencia de muchas de ellas.

En las comunidades cristianas nacientes, la mujer ocupa un papel igualitario al del hombre: María y las mujeres (Hch 1, 14) perseveran en compañía de los hombres porque habían sido incluídas en la comunidad, muchas gozan de independencia económica, dignidad, libertad, autoridad moral e incluso hay diaconisas. Son ellas —las mujeres— quienes anuncian al resucitado y quienes también sostienen económicamente las obras del Reino.

Sin embargo, en pleno siglo XXI, la mujer en la Iglesia tiene un papel reducido y secundario. Si bien, son la mayoría de asistentes en las comunidades, están relegadas a cargos eclesiales secundarios. En los seminarios, por ejemplo, la mujer no tiene lugar; la cátedra está llena de hombres (clero en su mayoría), y no se tiene en cuenta el aporte valioso, la riqueza de lo femenino y lo que pueden aportar en la formación humana y teológica. La mujer aún es vista como Eva-tentadora que “puede poner en peligro la vocación de algún aspirante”. Pareciera un retroceso judaizante.

Desde la psicología, la figura de la mujer es importante en la crianza. La mujer aporta esa sensibilidad, la ternura, la madurez, y hasta la conciencia de realidad. De hecho Jesús fue criado por una mujer —una mujer excepcional— y quizás eso explique su comportamiento contracultural, su trato dignificante hacia ellas y su propuesta liberadora. Sería tan diferente si en los seminarios hubiera presencia femenina… Y más en este tiempo de escándalos y de abusos. Lo cierto es que es una urgencia volver a los orígenes y seguir reflexionando sobre el papel de la mujer en la Iglesia para rescatar lo femenino y enriquecer el papel de la formación en los seminarios.

Felipe Farias Rodriguez

Laico, católico, discípulo, caminante, misionero, catequista. Aprendiz apasionado por la Persona de Jesús, su proyecto del Reino y la teología bíblica.

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