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Endemoniados o enfermos mentales - Felipe Farías Rodríguez

En la Escritura hay varios episodios en los que Jesús se encuentra con personas endemoniadas y las libera: el endemoniado de Gerasa (Lc 8, 26-49), el endemoniado epiléptico (Mc 9, 17-27), la mujer encorvada (Lc 13, 10-17), el endemoniado ciego y mudo (Mt 12, 22-24). En estos pasajes, el Señor actúa con poder y autoridad y concede a sus beneficiarios el regalo de la liberación. Incluso el grupo de los setenta y dos discípulos enviados por Jesús, regresan alegres de su misión diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre» (Lc 10, 17). Sin embargo, queda una pregunta: ¿Se trató de liberaciones y exorcismos, o de curaciones y milagros?

Para la época, no existían las ciencias de la salud mental, ni las neurociencias, así que era difícil saber con certeza cuántos de los beneficiados por Jesús fueron enfermos mentales y cuántos endemoniados. Las opiniones entre los estudiosos son divididas: para unos sí se trató de endemoniados, para otros de enfermos. Aunque es posible que el Señor supiera con certeza por gracia divina quienes sí eran endemoniados, también es posible que los episodios mencionados hayan sido escritos posteriormente con una intención teológica. Es que la Escritura nos habla de teología, no es un registro notarial de la acción de Jesús y sus discípulos. No obstante, esto no le resta el poder a Jesús ni su autoridad como Señor sobre todo lo creado.

Durante la edad media, muchos enfermos mentales también fueron tratados como endemoniados. Debido a esto, las personas fueron sometidas a torturas y tratos crueles, buscando su “mejoría”. La psiquiatría es tardía, así que durante siglos no se contó con las herramientas, los estudios y el discernimiento para saber diferenciar qué era posesión y qué era enfermedad. Con el surgimiento de la psiquiatría, la balanza se volteó y todos pasaron a ser enfermos mentales. Las posesiones se patologizaron y quienes eran atormentados por espíritus diabólicos, comenzaron a ser tratados con medicinas, muchas veces sin mejoría alguna.

Quienes hemos tenido acercamiento pastoral a algunas personas atormentadas por el demonio, conocemos la ineficacia de los tratamientos médicos cuando la raíz de la afectación es de índole espiritual. Es que el demonio existe, como también las posesiones, las obsesiones y la influencia demoníaca. Por otra parte, sigue siendo un desafío el discernimiento de cuándo es una enfermedad y cuándo es una posesión, una influencia o una obsesión demoníaca; o un caso mixto, como los han venido constatando algunos exorcistas. Pueden haber personas atormentadas por espíritus y que a la vez, padezcan de enfermedades mentales.

La Iglesia ha adoptado un criterio de discernimiento mediante el cual hay que descartar primero lo natural (la enfermedad), y luego, ocuparse de lo preternatural (lo demoníaco). ¿Por qué ya no es efectivo? A mi modo de ver, no lo es porque en los casos mixtos, de descartar primero lo natural y dar con una enfermedad mental, nunca se pasará a la ayuda espiritual. La persona será tratada respecto a su enfermedad, pero seguirá siendo atormentada por el demonio. No habrá mejoría porque en los casos mixtos es necesaria la doble cooperación. Y, como los médicos patologizaron al demonio, al no haber mejoría, la medicación llegará a niveles absurdos. La persona estará condenada a vivir dopada de por vida, y lo peor, sin mejoría alguna (o parcial).

Es difícil la situación de quienes padecen una enfermedad mental, y a la vez, están oprimidos por el maligno, o, en el peor de los casos, para quienes su enfermedad fue causada por espíritus. La cosa se complica más cuando se dan con diócesis donde no hay exorcistas o con sacerdotes que no creen en la existencia del demonio. Lo cierto es que el mal existe, y de no seguir haciendo reflexión al respecto, muchas personas afectadas —por lo uno o por lo otro— no encontrarán el alivio ni la paz que necesitan. Siguen siendo necesarios los nombramientos de exorcistas para cada diócesis y que estos formen equipos de trabajo multidisciplinario que apoyen y acompañen, tanto el discernimiento como su labor para que la ayuda sea la mejor.

También se hace necesario el estudio y la profundización en la Escritura para seguirla escudriñando. Jesús sí liberó —y sigue liberando— personas endemoniadas; es el Señor y tiene el poder y la autoridad para hacerlo. No obstante, no es posible leer y entender la Sagrada Escritura como un acta notarial. Es necesario interpretarla y ahondar en el contexto de la época para enriquecer su lectura y redescubrir el valor que tiene para el hoy.

Felipe Farias Rodriguez

Laico, católico, discípulo, caminante, misionero, catequista. Aprendiz apasionado por la Persona de Jesús, su proyecto del Reino y la teología bíblica.

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