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Dar sentido

Hace dos años que comenzamos a vivir una nueva realidad a nivel mundial: la pandemia del COVID-19. Desde hace aproximadamente cien años, no se vivía una pandemia mundial. Y, como vino de manera inesperada, la vida nos cambió de un día para otro. Durante el primer año, el COVID causó la muerte de tres millones de seres humanos según la OMS. El mundo se vio obligado a confinarse en sus casas durante meses. Y, al menos acá en Colombia, la experiencia no fue nada fácil. Muchos perdieron sus empleos por el cierre de negocios y microempresas; otros perdieron sus familias… La pandemia cambió drásticamente la vida de muchos.

No estábamos preparados para una pandemia y lo vimos con el tiempo. Como Iglesia tampoco lo estábamos. Los templos tuvieron que ser cerrados. Muchas Diócesis y Arquidiócesis tuvieron que adaptarse (de manera forzada) a lo virtual y la brecha digital planteó todo un reto pastoral para las celebraciones eucarísticas virtuales y la formación catequética pre-sacramental. No fue (ni ha sido) una tarea sencilla. Tampoco lo fue para los parroquianos de edad avanzada que extrañaban las celebraciones presenciales y que ahora dependían nuevamente de la radio o de la buena voluntad de sus hijos y/o nietos para verla a través de internet.

Este semestre, mi universidad abre las puertas completamente a la presencialidad, y el primer día de clase de la materia “Obra Lucana”, hicimos una socialización sobre lo que significó la pandemia para nosotros. Una experiencia traumática, dijeron unos; un tiempo para estrechar vínculos familiares, dijeron otros; un tiempo para elaborar duelos por la pérdida de algunos seres queridos, también dijeron. Y de ese agradable compartir, surgió una pregunta que me confrontó bastante: “Los médicos sirven a los contagiados, también lo hacen los enfermeros, ¿pero qué puede hacer un biblista durante la pandemia? ¿Cuál es su llamado, incluso durante el tiempo de post-pandemia en el que estamos?”.

Dar sentido, respondió mi profesora; los biblistas, al igual que los teólogos, e incluso todos los cristianos, estamos llamados a dar sentido. La humanidad ha quedado herida; estamos rotos, fracturados, tocados por el dolor, el estrés, las crisis personales, la enfermedad, la muerte e incluso el sinsentido. Ante dicha realidad difícil y humana, nos es necesario ser voz de Cristo para dejar que el Señor sea aliento, esperanza, sentido y vida en abundancia, en medio de tanto dolor. Pero para ser esa voz de Cristo, para dar sentido, hay que dejarnos levantar por él.

Pienso que una palabra pertinente es aquel episodio de Lucas 5, en el que unos hombres llevan a un paralítico a la casa en la que estaba Jesús. Nos es necesario volver a la presencialidad relacional y sacramental, nos es necesario dejarnos levantar por Cristo para ser aquellos hombres que lleven a otros a su casa, para que el Señor le dé sentido a nuestra vida, al dolor, a la cruz, a la misma post-pandemia.

El paralítico fue sanado y perdonado. Entonces, cargó su camilla y se fue caminando a casa. Son muchos los testimonios del amor y la misericordia de Dios en esta pandemia. Pero mientras no redescubramos nuestra vocación como bautizados para anunciar a aquel que le da sentido a la cruz, al dolor, la enfermedad, las crisis, los conflictos, la enfermedad, la muerte o las dificultades surgidas en la pandemia, todo esto seguirá ahogando la vida de muchos y sumergiéndolos en un sinsentido.

La pandemia vino para cambiarnos la vida y Cristo es el único que le da sentido a todo cambio de vida. Pero repito, el mundo necesita de hombres y mujeres que presten su voz para ser esperanza que ponga color a la vida, caricia que sane el corazón y brazo que sostenga y acompañe el caminar de tantos que han quedado a la interperie existencial. Cristo vino por todos y es hora que como cristianos, salgamos al encuentro de los otros o nos dejemos encontrar por ellos.

Felipe Farias Rodriguez

Laico, católico, discípulo, caminante, misionero, catequista. Aprendiz apasionado por la Persona de Jesús, su proyecto del Reino y la teología bíblica.

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